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15 jun. 2018

Amanecer de un día agitado


Crónica en primera persona de una maratón legislativa que hizo historia en materia de derechos: el día que se dio media sanción al proyecto de ley de Interrupción voluntaria del embarazo.
Por: Sari Odello / Fotos: Tamara Simón.

7:50 am.

Abrí los ojos ese miércoles y la luz ya entraba por las hendijas de la persiana de mi casa. Agarré el celular y me di cuenta de que me había quedado dormida 20 minutos. Miré el techo: “Es hoy. Es ahora”, dije en voz alta. La frase retumbó en el cuarto vacío y en mi cabeza durante todo el resto del día. Era 13 de junio de 2018 y en la Cámara de Diputados se iba a votar por primera vez la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Era el día de hacer historia.

El dictamen del plenario de la Comisión de Familia y Salud era un proyecto de ley completo, armónico con el resto del ordenamiento jurídico, con la Constitución Nacional y con los Tratados de Derechos Humanos. Más de 2 meses de exposiciones, 120 horas de argumentos, tanto para la legalización y despenalización, como en contra. Los hashtags abundaban. Los pañuelos verdes se empezaban a ver en las carteras de las damas y hasta en los bolsillos de los caballeros. En los chats sólo se enviaban corazones verdes. Nadie hablaba de otra cosa que no fuera este día. Y, finalmente, había llegado.

10:00 am.

El frio no amainaba. El dibujito de la historia de Instagram marcaba 11 grados, pero a ninguno nos importaba demasiado. Los mensajes empezaron a llegar desde temprano: grupos de amigos compartiendo el archivo que armó la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito de autocuidado, las compañeras armando la grilla de horarios para la vigilia, la familia dando ánimos desde lejos. Las primeras lágrimas brotaron en el tren, cuando me crucé con pibas con su uniforme de colegio y sus pañuelos verdes, y me pensé a mí misma a los 15: me recordé como una adolescente frustrada por su cuerpo y con prejuicios hacia otras mujeres. Escribí la primera frase del día: “que buena época para ser adolescente”

Camino a la oficina me estallaban los mensajes de amor, de cuidado y de fuerza, tres conceptos que se mantuvieron como bandera en cada una de las personas que fuimos al Congreso a respirar ese aire de liberación y hermandad que se formaba, protegiendo a quienes formaron parte de la marea verde, que no dejó de ir y venir durante casi 24 horas.

  Mi mochila reventaba de lo que llevaba dentro, cosa que le llamó la atención a mi jefe, que me dijo “¡Que mochila grande!”. “Hoy no duerme nadie”, le respondí con una sonrisa. Entre una cosa y la otra, se hicieron las once y media: arrancaba el debate.

11:30 am.

Tenía el Whatsapp web estaba abierto y sólo cambiaba de pestaña para poder ver las caras de los legisladores. Cantaron el himno y se sentaron en sus bancas. En el Congreso había quórum, en las calles cercanas había miles de personas empezando la jornada, y en mí escritorio había un mate recién hecho, un termo de agua y bizcochitos que había traído mí jefe. Del otro lado de los píxeles y de los pulsos eléctricos de mí computadora, estaban los pibes en un escenario parecido al mío: arrancaba el partido más importante de nuestra lucha.

11:32 am.

La pelota la sacó del medio Daniel Lipovetzky, diputado por el Pro: “No se trata de salvar las dos vidas, se trata de salvar miles de vidas”. El hombre que llevó adelante las más de 130 horas de exposiciones por 738 oradores que se dieron lugar durante dos meses, era el encargado de abrir la sesión, con su corbata verde y una sonrisa de oreja a oreja, como durante todo este tiempo.  Empezaban los nervios, empezábamos a charlar a la distancia con los que estábamos viendo y los que no podían y pedían “vayan diciendo que dicen”, mientras cumplían sus obligaciones lejos del canal de YouTube de la Cámara de Diputados, que transmitía en vivo la sesión. 

Empezaba el cosquilleo en los poros, el nudo en la panza y empezaba también a subir la adrenalina, y los neurotransmisores se me bloqueaban para recibir solamente información en relación a lo que estaba pasando a 42 kilómetros de mi trabajo. Virtualmente, estaba en 3 grupos de Whatsapp, comentado cada idea, puteando cada pavada que se decía y festejando cada argumento a favor de la legalización del aborto como si fuera un gol de chilena. Recién arrancaba el día y se me iba llenando el teléfono de fotos de las actividades que sucedían a lo largo de Callao, cerca del escenario de la Campaña.

12:30 pm.

La primera puteada de la jornada fue para el diputado Nicolas Massot, que con un argumento nefasto sobre lo que es y lo que no es revolucionario, apeló a la falacia de que si las muertes se van a seguir sucediendo, deroguemos el Código Penal porque los delitos seguirán sucediendo. Mis dedos sobrevolaban el teclado de la bronca y de la indignación, acompañada por el caps lock que se utiliza para gritar en tiempos de millenialismo posmoderno. Recibía las mismas emociones de los pibes, hasta incluso llegábamos a decir lo mismo al mismo tiempo. De repente, ya no estaba sola en mi escritorio escuchando cómo se debatía el futuro de las pibas: sentía la energía de 20 personas que estábamos en la misma frecuencia.

14:06 pm.

La palabra la tenía Victoria Donda, diputada por Libres del Sur, una de las caras más visibles del debate y de estos meses donde el tema estuvo en la boca de todos. Yo no tenía hambre, el mate estaba frio, pero no importaba: no podía despegarme de escuchar cada palabra, de comentar cada sensación, de leer Twitter, de publicar en Facebook. “Si defienden las dos vidas hay que defender también a los hijos de los violadores, pero nadie se animó a defender eso. Porque no defienden la vida, defienden el status quo", disparó y se ganó mis aplausos desde la oficina. En Capital, Rivadavia a la altura de Callao estaba abarrotada de gente y quienes estaban ahí ya no tenían señal. “No nos paran más”, me escribió una amiga. Otra vez, me largué a llorar.

16:03 pm.

“¿A qué hora habla Olmedo? Asi veo si sale salamín y birra”, tiró Nico en el grupo. Arranca 10 minutos más tarde de lo pensado el show de Alfredo Olmedo, el diputado del piloto amarillo, que nos dejó frases tan perversas como ridículas: “hagamos un cementerio de fetos” y el famoso “disgusto sexual”, que vaya a saber uno qué significa. Las pibas ardían en puteadas, los pibes nos bajaban con chistes y memes. Era un partido muy importante para que los diputados estén diciendo estas forradas, no comprendía el juego político que se estaba sucediendo.  

17:42 pm.

Apretaba F5 al Drive colaborativo que creó Economía Feminista para ir contabilizando los votos. Se ganaba, se perdía, había empate. Los nervios de punta, las uñas comidas, los pies congelados, los dientes apretados. Hablaba Leo Grosso, militante del Movimiento Evita, quien recordó a las Madres y a las Abuelas, a las compañeras piqueteras, a Micaela García, a Diana Sacayán y a Lohana Berkis (víctimas de la violencia machista), como símbolos de la lucha feminista.

Agarré el teléfono y le escribí un mensaje a mi mamá. Mi vieja, hija única de un matrimonio convencional y tradicional del interior de la provincia de Buenos Aires, católica practicante, de pensamiento muchas veces de derecha y muchas veces antipopular. Siempre sentí haberla defraudado con mi militancia en el peronismo (a pesar de que siempre que se lo pregunto, me dice que no), y ese día era todo sentir, así que le dije que me iba al Congreso a juntarme con las compañeras, y que iba porque quería estar ahí, porque si algún día estoy embarazada y decido no estarlo más, quiero poder hacerlo y no morir o ir presa por eso, ni yo ni ninguna piba. Aparecen dos tildes azules casi al instante, pero su respuesta llega 3 minutos después: “¡¡¡Pelotuda me haces llorar!!! ¡Sé libre y siempre tenés que estar segura de tus convicciones! ¡Te quiero!, ¡Vamos para adelante!”. Me levanté de mi escritorio, me encerré en el baño y le dí pase libre a las lágrimas, al hipo, a la respiración cortada; pero, sobre todo, al nudo de la garganta que se liberaba mientras el aire salía de mis pulmones agitados, liberados.

Salí del baño; escribí con fibrón indeleble el nombre de mi amiga Karina en el brazo izquierdo, el de mi amiga Cintia en el brazo derecho, y sus teléfonos; me puse 2 remeras más; cargué agua en mi termo y salí de la oficina para, por fin, unirme a la marea verde que ya contabilizaba 500.000 personas a esa hora. Era el día. Había que ir.

19:30 pm.

Me encontré con Drula, amiga y compañera, en Pueyrredón de la línea B. “¡Se va a caer!” le grité desde lejos. Nos abrazamos, reímos, nos subimos al subte, nos pintamos los labios de violenta y charlamos de como venía la votación. Era obvio donde teníamos que bajar: donde bajaban todos.

El centro porteño entre Rivadavia, 9 de Julio, Callao y Rivadavia estaba tomado por pibes y pibas que deambulaban sonrientes, abrigados, sacando selfies, mandando audios. La multitud daba calor y refugio a aquellos que quizás iban solos y se encontraban de casualidad: ese fue mi caso con muchas personas que no esperaba ver, pero que nos fundimos en abrazos y risas. Tardamos 20 minutos en recorrer las cuatro cuadras que nos separaban de la carpa del Frente de Mujeres Evita, a causa de performances que se sucedían en las esquinas, sin previo aviso. Nadie empujaba, nadie protestaba, nadie se enojaba: todos sonreíamos, todos respondíamos los gritos de “¡Poder Popular!”, aplaudíamos, festejábamos. Festejábamos estar vivos, festejábamos estar y ser la misma lucha, festejábamos haber penetrado en las puertas del inmenso edificio del Congreso y visibilizar eso que antes no se decía: queremos tener derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, de una vez y para siempre.

21:30 pm.

Tomábamos mate emponchadas al lado de un camioncito que vendía patys. Llenas de glitter y de ansiedad. La señal había muerto y la pantalla con los parlantes que transmitía la sesión había quedado a 3 cuadras. Se habían armado pequeños aquelarres y las fuerzas políticas convivían como nunca antes. La columna de gente llegaba hasta la 9 de Julio y las vallas que daban a la plaza habían sido vencidas para que pibes y pibas hicieran malabares, tomaran un birra y armaran sus carpas para pasar la noche. Nadie se iba: “nos quedamos acá hasta que salga; y si no sale, nos quedamos hasta que dejemos de llorar y esos hijos de yuta salgan para putearlos”, me dijo una compañera.

En el debate, había hablado Gioja (actual presidente del Partido Justicialista), quien votaba en contra (y recibió más de una puteada de las compañeras) y Nicolás del Caño (Frente de Izquierda), quien sentenció “la marea verde se ha convertido en un verdadero tsunami gracias a la juventud”.  Pero la exposición más ridícula de la jornada la llevó adelante la legisladora Estela Regidor Belldone, quien comparó a una mujer embarazado con una perra que tendrá cachorros: “no la hacemos abortar, buscamos quien quiera los perritos”. Mi teléfono estaba muerto, por lo que me enteré de estas barbaridades 3 horas después. Nada importaba en ese momento: tuve la certeza, en cada poro de mi piel, que la Revolución Feminista es inminente. Y estábamos ahí, haciendo la historia.

00:30 am.

Después de comer el guiso que estaba previsto, el sueño empezó a jugarme en contra. Muchas compañeras y amigas que se habían unido empezaban la retirada, con algo de pena por no aguantar toda la noche. Miré mi reloj y pensé que quizás era mejor volver a casa, descansar unas horas y luego regresar para la votación. Miré la lista de oradores y pregunté quien estaba hablando: había una hora y media de retraso entre la lista y lo que estaba pasando. Avisé a mis compañeras y me propuse como pie para esas horas. Llegué a casa con culpa por no aguantar, con mil mensajes que leer, con 20 fotos que me pasaban y con la panza hecha una montaña rusa. Abrí la puerta y puse YouTube: estaba hablando Ana Clara Carrizo, diputada por Evolución Radical, quien votaba a favor de la ley. Me desmaquillé y me metí a dormir, frente a los reclamos de mi gata por no haber estado en todo el día. Dejé el teléfono en sonido alto y puse la alarma a las 4:30 am: “la alarma sonará en 3 horas y media”, leí en la pantalla. Me tapé y, después de casi 2 años, recé: “por favor, Gauchito, que se apruebe la media sanción”. 

4:30 am.

Me desperté y, automáticamente agarré el teléfono y escribí: “¿qué onda?” a mi compañera que estaba en el Congreso. “Tranqui amiga, se vota a las 7 am, así que venite cerca de esa hora”. Pensé en volver a dormir y me desengañé casi al instante: tenía que estar allá. Volvía a poner la sesión y estaba exponiendo Mario Arce, diputado por la UCR de Formosa. Cargué el termo, me abrigué y salí. Veía la noche en el 26 desde el Bajo Flores. Pensaba en la posibilidad de que saliera la media sanción. Pensaba en lo importante que es para nuestra sociedad poder darle a las mujeres y a las personas gestantes la posibilidad de interrumpir una maternidad no deseada, un proceso biológico que sucede en sus cuerpos y que nadie más tiene potestad sobre eso. Pensé en Fete (el bebé que está siendo cocinado en la panza de mi amiga Bel y que le decimos así a modo de amor-broma), en Alma, en Margarita y en todas las niñas que conozco, que vienen con una conciencia de sus cuerpos increíblemente más aguda de lo que tuvimos nosotras, sus madres y tías. Puse música en el teléfono y me di cuenta de qué día era: 90 años atrás en Rosario, nacía Ernesto Che Guevara Lynch. Toqué el timbre y me bajé, a casi 10 cuadras de mis compañeras y caminé rodeada de mujeres que, como yo, volvían al lugar con nuevas provisiones y con nuevas energías, sabiendo que nacimos para vencer y no para ser vencidas.

6:30 am.

Con frio, pero abrazadas, dice el Pato, y nosotras lo llevamos a la práctica esa mañana más que nunca. Circulaban los mates, algunas se amontonaban para dormir acurrucadas y generar la mayor cantidad de calor posible. Eli y Gaby miraban la sesión con los escasos datos que quedaban en los planes móviles y un parlante bluetooth pegado a las orejas. Lucila De Ponti, diputada por el Movimiento Evita nos vino a saludar y a preparar para una posible derrota. El ánimo estaba empezando a caerse y las que se iban despertando se encontraban con el mal pálpito. Del otro lado de las vallas, sobre Solis, 3 camiones hidrantes y al menos 200 efectivos de la Policía Federal se preparaban para posibles disturbios. Estábamos todos atentos, y todos juntos.

8:30 am.

Tenía que volver a mi trabajo, por lo que emprendí el empalme de transportes subte-bondi-tren para llegar, con tristeza y caminando en sentido contrario de las personas que llegaban en mayor cantidad. Los que habían conseguido dormir, en la vereda, en una carpa o en el hall de algún edificio, empezaban a despertar y deambulaban en busca de café o de algo caliente para reanimar la sangre. Se iban apagando los pequeños fogones que se habían improvisado y el sol empezaba a asomarse tímidamente. Puse la radio y enganché a Graciela Camaño, del Frente Renovador, quien no sólo votaría a favor del proyecto, sino que también felicitó a los diputados del FIT por haber mantenido su promesa de campaña. Me quedé varios minutos con la boca abierta, comentando en el grupo de Whatsapp (que ya había empezado a arder otra vez): el feminismo está logrando ésto. Sonreí. Qué lindo es estar de este lado de la mecha.

8:50 am.

Ernesto Tenembaum anunciaba que los diputados del PJ de La Pampa, que estaban indecisos, votarán a favor del proyecto. Me largue a llorar en el colectivo a 2 cuadras de la Estación Villa del Parque. Empecé a escribir a mis compañeras. La dislexia se me notaba en cada una de mis huellas dactilares. Se sentía. La sangre empezó a acelerarse. Se venía el cierre del debate con la palabra de los presidentes de los bloques. Dejé el teléfono en el bolsillo y decidí escuchar solamente. El San Martin pasaba la General Paz y Agustín Rossi les pedía a los diputados que voten “como votaría por sus hijas, sus nietas y las hijas y nietas de ellos”. Un vendedor ambulante que pasa con una oferta imperdible de alfajores me preguntó si estaba bien, y le dije que sí: lloraba sin parar y mis manos temblaban. Necesitaba que ésto terminara cuanto antes.

9:21 am.

Hablaba Silvia Lospennato, a quien el presidente del bloque Pro, Mario Negri, se la cedió, para que ella tuviera la última palabra en nombre del partido. Fueron 14 minutos que resumieron casi todos los argumentos que veníamos dando cuando hablamos del aborto. Por la ventana del tren el segundo anillo del conurbano se notaba cada vez más, y yo sólo podía pensar en la libertad que estábamos conquistando. Silvia empezó a nombrar a las mujeres que llevaron esta lucha al Senado y todos los diputados aplaudieron, algunos de pie, otras entre lágrimas; recordó a mujeres que nos arrebató el machismo, nombró “La Sororas”, el colectivo interpartidario de mujeres, “unidas en nuestras diferencias, pero siempre a favor de las mujeres, a las mujeres en sus casas, a nuestras madres, a nuestras hijas: que el aborto sea legal, seguro y gratuito, que sea ley”, dijo con la voz quebrada y el puño en alto. Yo esquivaba gente sin ver en la estación de José C. Paz y me temblaban las piernas. Decidí esperar a que salga el tren de la estación antes de cruzar: “no sea cosa que me muera antes de que sea ley”.

9:50 am.

“Se va a votar en general el dictamen de mayoría de la Comisión de Legislación general y otras, recaído sobre el proyecto de ley interrupción voluntaria del embarazo” dijo Emilio Monzó, y yo no sentía nada más que las palabras rebotar en mis auriculares y mi corazón queriendo salirse de mi caja torácica. Me quedé petrificada en el medio del laberinto para cruzar las vías; la gente me empujaba y yo sólo sostenía mi teléfono y lo movía para poder tener buena señal de radio. Se me entumecieron los músculos y me costaba respirar: “no puedo estar teniendo un ataque de ansiedad ahora”. Resolví avanzar y cruzar la vía para poder escuchar del otro lado, sentada en la entrada a la estación.

Estaba en la mitad cuando Monzó dijo: "Bien, cerrado”. Sabía qué significaba. Cuando el Presidente de la Cámara de Diputados dice esa frase, quiere decir que se agotaron los 10 segundos de los diputados para votar, y que ya se realizó electrónicamente el conteo. Frené mi caminata, mirando al frente. No me acuerdo que vi, sólo me acuerdo lo que escuché: gritos y una voz que decía “131 votos fueron afirmativos, 123 negativos y hubo una sola abstención”. Empecé a gritar, sola, desquiciada, desequilibrada, feliz: “¡ABORTO LEGAL!¡ NO SE NOS MUERE NI UNA PIBA MAS! ¡SE VA A CAER!”. Terminé de cruzar las vías y me senté en el escalón de la estación de los trenes que van a Retiro. Guardé mi teléfono y me largué a llorar: pero esta vez, con una sonrisa grande, victoriosa.

10:00 am.

22 horas después de que arrancara el debate, no dejaba de recibir y de enviar audios gritando a los pibes, a mis compañeros, a mis compañeras, a mis amigas, a mi familia. Sonreía, lloraba, le gritaba al teléfono, volvía a llorar, volvía a reír. Sentía el sol en la cara y el frio en los dedos y en las mejillas mojadas, pero no me importaba. Empezaban a llegarme memes, mensajes de amor, fotos de lo que estaba pasando en el Congreso, en las reuniones de amigas, los trabajos donde se enteraban la noticia. Se respiraba felicidad, se respiraba libertad: estábamos cada vez más cerca de conquistar nuestro derecho al propio cuerpo, a nuestra propia soberanía, a nuestro propio deseo. 

Una frase resonó en muchas de las conversaciones: el patriarcado se está cayendo un poco más todos los días, cuando pensamos cómo nos vinculamos, cuando varones cuestionan sus privilegios, cuando las mujeres nos plantamos en la calle o en un bar o en una oficina para denunciar abusos y violencias. Bel y Fede, dos amigos, lo sintetizaron mejor que nadie: “El feminismo es lo mejor del mundo mundial, es lo único que tiene para ofrecer un nuevo proyecto de relacionarnos y de creer en algo”, “es lo único que da esperanza de cambio para todos; entiendo perfectamente que la revolución va a ser feminista o no va a ser, y me encanta”

Al final, el aborto dejará de ser visto como un privilegio de clase o como un signo de vergüenza y este día será recordado como el día que 1 millón de personas salieron a exigirles a sus representantes que pongan las cartas sobre la mesa y se hagan cargo de entregarnos los derechos por lo que tanto luchamos.

Al final, Pato, ese otro juego que querías jugar lo estamos armando de a poco. Lo bueno es que somos una banda. El éxito será eterno, será eterna la flor, el ser humano y, sobre todo, la verdad.

¡Aborto Legal en el Hospital y en cualquier Lugar!

¡Que sea ley!

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