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24 jun. 2017

Si Michel Foucault hubiera visto Breaking Bad

En español podría traducirse como “corrompiéndose”. De eso se trata Breaking Bad. En esta increíble historia producida y creada por Vince Gilligan, un profesor de química a quien le diagnostican cáncer se convierte en el chef de la metanfetamina para “pagar su tratamiento y asegurar el futuro económico de su familia”. Una advertencia: casi todos los personajes que lo rodean son corrompibles. Menos uno, que es policía.

por Cande Cafiso

La serie, estrenada en 2008 y que consta de cinco temporadas, logró obtener tres años consecutivos el premio a la mejor serie por parte de los Premios WGA y ha ganado dieciséis premios Primetime Emmy, incluyendo cuatro victorias para Bryan Cranston –quien protagoniza a Walter White, el principal- en la categoría de mejor actor, 3 para Aaron Paul –quien interpreta a su socio, Jesse Pinkman- y dos premios a la mejor serie dramática. Además también fue nominada a los premios Globo de Oro, considerada por el Gremio de Guionistas de EE.UU como la decimotercera serie mejor guionada, e incluida en el libro Guiness por ser la serie mejor puntuada de la historia.

Descabellado tal vez, pero ¿qué pasa si analizamos a la considerada por muchos –entre ellos, el escritor Stephen King-, “mejor serie de todos los tiempos” desde una perspectiva foucaultiana? Partamos de esta base que expresa el historiador de las ideas, psicólogo, teórico social y filósofo francés: “Es preciso que haya delincuentes y criminales para que la población acepte la policía, por ejemplo. El miedo al crimen que el cine, la televisión y la prensa atizan permanentemente es la condición para que se acepte el sistema de vigilancia policial”. 

Pausa. ¿No podría pensarse entonces a Breaking Bad como una búsqueda de legitimación de poder de la DEA? Pongamos en contexto: Hank Schrader –caracterizado por Dean Norris de manera sublime- es un agente especial que está a cargo de las oficinas de la DEA – agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos “dedicada a la lucha contra el contrabando y el consumo de drogas”- en Albuquerque. Un hombre enérgico, bullicioso, arrogante, competente a veces machista e insoportable que pasa de fotografiarse con cadáveres y vestir camisas hawaianas a convertirse en un tipo honesto que se encuentra en las antípodas de su cuñado, Walter White, el “Heisenberg” que él intenta capturar a lo largo de la serie. 

En la investigación que éste lleva a cabo logra descubrir el imperio de drogas de Gustavo Fring –dueño de una exitosa cadena de restaurantes, Los Pollos Hermanos, utilizada como tapadera para una red de distribución de metanfetamina en el suroeste de los Estados Unidos.- y llegando al final, el secreto de su cuñado. A partir de ese entonces dedica todos sus esfuerzos en llevarlo a la justicia de una vez por todas. Hank, se convierte así en “el bueno” e incorruptible y sólo tiene un objetivo: “encerrar al bastardo” de su cuñado, Walter White.

Según Foucault, la forma más poderosa de control social es la interiorización de las normas. Entonces, ¿qué es lo que hace tolerable el control policial a una población si no es el miedo al delincuente? Legitimado ya el poder, el espectador puede asumir que es necesario que haya muchos Walter White para que la DEA pueda actuar. O tal vez sólo es una gran serie de televisión y mi cabeza quiso imaginar una escena ficticia para saber qué hubiera pasado si Foucault Hubiera visto Breaking Bad.

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